Le gustaban las frías mañanas de invierno que se calman con un buen chocolate caliente. Le gustaba que el viento del norte le rasgara la cara cuando se sentía perdida, que la nieve se derritiera en sus manos nada más tocarla y que cuando lloviera, fuera ella la única persona que caminara por la ciudad.
Le encantaban las noches de invierno porque solía escribir historias, no de esas que te llegan al corazón ni te hacen recordar viejos momentos, escribía sobre el dolor y la angustia, sobre carreteras vacías y corazones de piedra. En realidad no le gustaban las historias bonitas que acaban con un final feliz, realmente las odiaba; por que ella no tuvo ningún final feliz. Aunque, de todas formas, no le importaba en absoluto.
Hacía tiempo que Sam había dejado de sentir, y el frío del invierno le hacía parecer viva. Esa era la única razón por la que escribía.
Pero lo cierto es que ella nunca escribió para nadie, para nadie excepto Sam.
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