29 de junio de 2012

El invierno oxida los corazones

Era un día de Noviembre como otro cualquiera, las aceras estaban mojadas debido a la lluvia de la noche anterior y los primeros rayos de sol dejaban su reflejo en ellas. Mientras, yo, escondido tras la ventana, contemplaba las calles vacías de Tokyo y me preguntaba por qué en un día tan hermoso como aquel no había nadie paseando por las avenidas.
A la gente de la capital no le gusta el invierno.
Y yo, allí de pié, me pregunté por qué a la gente de la capital no le gustaba el invierno y después de reflexionar un momento lo comprendí: el invierno oxida los corazones. Cuando el gélido viento penetra en los huesos seco y firme duele, no te deja respirar y te desgarra el pecho.
Abrí la ventana y lo sentí: el viento del norte rozando mi rostro.
Y pensé que, quizás, la capital no estaba hecha para mí.

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